¿Sabrías señalar Mauritania en el mapa?


Texto basado en la charla de Ignite Madrid 8

La primera vez que me dijeron que tenía que ir a Mauritania tuve que mirar en un mapa dónde estaba. Busqué en la Wikipedia y miré un poco sobre su cultura.

Lo que quizá nadie me dijo es que era un país prácticamente inventado (como muchos de los países que hay en África). En este caso era para separar países colindantes y evitar más guerras. Tampoco me contaron que era una ruta de armas y de drogas, de hecho, para evitar que así sea, te encuentras muchísimos controles policiales en la única carretera principal con la que cuentan.

El viaje a Mauritania empieza mucho antes de coger un avión, mucho antes de esa carretera. El solo hecho de solicitar el visado ya me pareció cómico. Para saber cuándo abrían o qué documentación había que llevar nos comunicábamos por audios de WhatsApp. Al llegar, ibas pasando una especie de gynkhana y en cada puesto te atendía una persona, en un idioma y con una función. 

Muchas palabras que para mi tenían un sentido, cambiaron totalmente. Aprendí que una lona, como la que podría estar en la puerta del sol, ahora podía ser lo que haría que una casa no se mojase cuando llueve. Que un restaurante de carretera era una haima donde, al lado, había unos señores con una hoguera cocinando algo de cabra vieja. Sí, cabra vieja, no cordero.

Litros de agua y calor. Marearse y llevar un pañuelo en la cabeza como supervivencia. Kaedi, una ciudad que estaba en mitad de la nada y por la que acabé andando como si fuera mi segunda casa. Clara mint Kaedi.

Por cierto, esta historia se narra en francés, pero también en poulard (el idioma de los moros-negros) y en hasanni (el idioma de los moros-blancos). Depende el día puede que se narre en wollof, que es un idioma más cercano a la zona de Senegal. Ya os he dicho, cuando te inventas un país, juntas a personas de distintos grupos bajo unas fronteras. Y esas fronteras no son más que cicatrices que hacen en la tierra las personas que mandan.

En este viaje conocí muchas personas y sus caras se me quedaron grabadas. De todas las personas que encontré aprendí algo.

Belkehir había nacido el 31 de diciembre. Bueno, eso no es del todo real. Ella nació en invierno y alguien fue a registrarla a final de año. La edad que aparenta y la de su DNI no encajan para nada. Pero vamos, que los registros son muy aleatorios. De ella aprendí que las casas tienen muchas formas, no solo las que dibujábamos cuando éramos peques o vemos en nuestras calles a diario. Las casas son el lugar en el que compartimos y convivimos. Las familias son lo amplias que la situación requiera y en estos cuatro palos viven todos los que sean necesarios.

Kan era de Mauritania, pero había estudiado fuera. Senegal y hasta la sorbona francesa. Era delgado, pausado. Había vuelto a su país porque quería cambiar la realidad en la que él había nacido. De él aprendí que el ramadán era mucho más que hacer ayuno y rezar. Era estar en paz con uno mismo. No se podía discutir, tenías que recapacitar y pensar en Dios. Yo no soy creyente, pero me acerqué más a una religión a la que siempre había mirado de reojo.

Las casas de las personas como Belkehir estaban en mitad de la nada, a kilómetros Del Pozo más cercano. Y digo pozo por no decir agujero en el suelo. De esos agujeros sacaban agua de dudosa calidad los niños y las niñas. Con suerte tenían un burro para cargarlo. Pero no siempre era así. 

Y, pese a que parecía que este era el tope de la desesperación, te encuentras lugares todavía más alejados y todavía más pobres, como el lugar donde vivía Fatimetu. De ella aprendí que la esclavitud había estado presente en el pais hasta hace muy poco. Ella era de la etnia de los Haratines. Pese a ser negros-moros, hablaban el idioma de los blancos-moros… los que hasta hace menos de 15 años eran sus amos. Ellos creían que eran ahora eran libres, pero en su libertad perdieron todas las posesiones que nunca tuvieron y ahora, en lugar de ser esclavos de una persona, eran esclavos de la pobreza.

Sin embargo, y pese a encontrarme a personas que tenían mucho que pedir, cuando les decías que qué pedirían para ser más felices y mejorar su situación la respuesta era única: Pediríamos educación. Que nuestros hijos aprendan a leer y escribir. Aunque la escuela, desgraciadamente no está al alcance de todos.

De los niños y niñas aprendí que jugar al globo era una cosa muy seria y que perderlo era algo que no iban a permitir. Aunque eso significará tener que andar bajo el sol a 46°C para buscarlo.

Para ellos y ellas yo bien podría ser un muerto viviente, ya que mi blanca píen era mas digna de un fantasma que de una humana. Sin embargo se acercaban sin miedo y repetían las canciones que les enseñaba en castellano sin que importase el significado. 

De Bitu aprendí que la vida ahí muy complicada, pero que ser mujer no la iba a frenar. Como responsable de comunidad ella denunciaba la situación que vivía, incluso con los militares delante. Hacía lo que fuera necesario por su gente, desde asegurarse que que ninguna mujer tuviera que morir en el parto y que ningún niño muriese por desnutrición o por infección. A ella tuve la suerte de verla dos veces. La segunda no hablamos, solo bailamos.

Al lado vivía Behimba. Ella decía que tenía 8 hijos, pero no todos eran suyos biológicamente hablando. Madres que habían muerto, familias que no podían hacerse cargo de sus hijos. Ella era la gran matriarca. Nos hablaba con la misma cara de la cosecha, de su nuevo nieto y de la desnutrición que sufrió dos de sus hijos. Su mirada era firme.

Recorrimos kilómetros. Pasamos por tormentas de arena que parecían que el Apocalipsis hubiera llegado. Honestamente ahí sí me sorprendí rezando. Comí hamburguesas que salían de la cocina con cucarachas en el plato (y me autoconvencía que la cucaracha no había tocado más que dos patatas). 

Todavía recuerdo el sabor de las infusiones de Hibiscus cargadas de azúcar, el olor del té cuando lo hervían hasta matar las bacterias o el tacto del arroz cuando lo apretaba con las manos para comer en mitad del desierto mientras un escorpión estaba camuflado en la madera de al lado. 

Aprendí. Aprendí mucho. Y no sé, algo se me quedó enterrada entre alguna duna en Mauritania.

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