Nuestro primer ingreso hospitalario

Ir a urgencias con tu bebé es sencillamente una mierda. Tienes que estar en casa, sintiendo que algo va mal y que no puedes controlar la situación… a ese sentimiento de debilidad le tienes que unir el de “mami primeriza” que te hace pensar que lo mismo es pronto para ir.

Y sí, lo sé… es mejor ir en caso de duda, pero que levante la mano quien no haya recibido un mensaje en tono condescendiente, precedido por la frase “a ver, mami…” por parte de un pediatra.

Recuerdo que Lucía mi pediatra decía que cuando una mamá traía a su hijo con fiebre para que le examinase, ella siempre decía que le podíamos dar paracetamol en casa porque ella siempre iba a creerles. Ojalá una Lucía en cada urgencias hospitalarias. Me he encontrado a médicos maravillosos, pero muchos otros me han tratado fatal en un momento en el que acudes a ellos en plena debilidad, sin saber qué más hacer, preocupada por lo que más te importa, tu bebé.

“Mami, no me vuelvas a preguntar la pauta porque te la voy a dar en el informe”, “vamos a ver mami, qué más dudas tienes”, “mami, yo no pincho a niños sanos, y el tuyo está jugando… ¿de verdad quieres que le pinche?”. Y así muchas. Menos mal que los buenos pediatras contrarrestan.

Hace poco ingresaron a Gabi por un virus que desencadenó en una gastroenteritis. Fuimos a urgencias por enésima vez y yo sabía que de ahí tenía que salir con un análisis porque mi bebé no estaba bien. Acabamos ingresados cuatro días.

Al principio respiré con la noticia, porque la madre débil e insegura se volvió empoderada y sabiendo que la iban a ayudar donde ella ya no sabía qué hacer. Pero el sentimiento fue efímero y se esfumó con el primer llanto de mi bebé al ponerle una vía. ¿Cómo de culpable te puedes sentir cuando ves que hacen daño a tu hijo pese a lo necesario que es? Luego lo de la PCR por COVID cuando hay otro diagnóstico que ya es de traca, sinceramente.

Los días se pasaron lentos. Entre sueros, vómitos, pañales, culetes escocidos y lloros de dolor. 

Mom is home, como dice mamis en la jungla. Y ese sentimiento (y realidad) te ancla sin descanso. Sin dormir, sin comer, sin ducharte. Poniéndole en el centro. Agradeciendo los mensajes que preguntan por cómo te encuentras tú, pero sin saber qué responder a parte de “mal”.

It’s ok not to be ok. Y abrazas ese sentimiento, igual que abrazas el miedo y la duda. Y lo abrazas con tu compañero, remando en el mismo barco y acompasando los remos para ir en la misma dirección.

Una vez me dijeron que ser madre me iba a enseñar lo que era el amor incondicional y lo que era pasar por el miedo más grande. Poco a poco veo ambas caras de la misma moneda, con la suerte de saber que el amor está de nuestro lado.

Categories Maternidad

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